No me llaméis ni Diana ni Artemisa, simplemente decidme la «cazadora», que, junto a mi fiel can, protegemos el arco-iris lunar con cada uno de los matices de sus siete colores.
Amigas inseparables, comadritas del alma, protegidas, cumas, tortilleras, machorras, de mil maneras se nos ha llamado, sin embargo, ahora, somos estas dos aquí presentes, hermosas, galantes, sensibles, inteligentes, libremente lesbianas.
Somos así, las cuatro, hermanadas por la sangre, por el espíritu de gozo y de sufrimiento, así somos las Fridas del mundo, contemplativas, extrovertidas, polémicas.
Sueños de una tarde canicular del mes de agosto, en el mítico y ya lejano jardín del edén, allá por los rumbos de Petatlán, municipio del mismo nombre.
Yo, la geisha roja del amor leo, para después, como si fuera una margarita deshojar el libro de la pasión, que con la promesa de volver, antes de partir puso en mis manos el capitán Kijano, atrevido pirata, mi amor de ayer, de hoy y siempre.